vinos

Publicado
Autor Bajo Velo

La albariza tiene apellidos: barajuela, lentejuela, tajón

«Albariza» no es un solo suelo, son cuatro. Composición exacta, clasificación real desde 1972 y por qué la raíz de la vid vive en dos profundidades distintas al mismo tiempo.

Un bloque de albariza blanca partido, mostrando su estructura en láminas finas apiladas como una baraja de cartas, sobre tierra oscura

Casi todo lo que se cuenta sobre la albariza se queda en la misma frase: suelo blanco, esponja de agua, diatomeas. Cierto, pero incompleto. La albariza no es un solo material — es una familia de cuatro suelos distintos, con nombres propios y porcentajes de caliza que se pueden medir, clasificados desde 1972 y todavía vigentes en la práctica agronómica del Marco.

Cuatro suelos, no uno

La clasificación de referencia es la de García del Barrio, publicada en La tierra del vino de Jerez (1972), y sigue siendo la que se usa sobre el terreno:

  • Tosca cerrada. Al menos un 60% de caliza, con algo de arena fina y arcilla en capas delgadas, muy absorbente. Es, con diferencia, la más común: ocupa alrededor del 80% de la superficie del Marco de Jerez.
  • Barajuela (o barrajuela). En torno al 50% de caliza, veteada de ocre —óxido de hierro mezclado con arcilla— y estructurada en láminas finas que se separan como las cartas de una baraja. De ahí el nombre: literalmente, tierra que se abre en mazo.
  • Lentejuela. También ronda el 50% de caliza, pero más suelta, pulverulenta y fácil de trabajar, con arcilla y arena. Debe su nombre a pequeñas inclusiones brillantes —restos minerales que centellean como lentejuelas— repartidas por la masa del suelo.
  • Tajón (o tejón). La más dura y compacta de las cuatro, y la que más caliza activa concentra: hasta un 80%. Es la menos amable para trabajar, pero también la que retiene más reserva mineral por metro cúbico.

Que el 80% del Marco sea tosca cerrada explica por qué esa es la imagen mental que todo el mundo tiene de «la albariza» — pero un pago concreto puede tener las cuatro variantes conviviendo en la misma ladera, y el capataz que decide qué se planta dónde lo sabe desde hace generaciones sin necesidad de un laboratorio.

Lo que dice la ciencia del suelo hoy

La clasificación de García del Barrio es agronómica y centenaria en espíritu. La edafología moderna la lee con otro vocabulario. Una caracterización de suelos de viñedo del Marco de Jerez de la Universidad de Cádiz (Castrillón Astorga, 2023) sitúa los suelos de la zona, según el sistema de clasificación de la FAO, entre Calcisoles, Regosoles, Antrosoles, Arenosoles, Phaeozems y Vertisoles — todos ellos suelos de baja evolución pedogenética, es decir, jóvenes en términos geológicos pese a su origen marino remoto. El estudio, con análisis de color Munsell, textura por el método Bouyoucos, mineralogía por difracción de rayos X y carbonatos totales por el método Barahona, confirma lo que el capataz ya sabía a ojo: los suelos de albariza son los que presentan mejores propiedades físico-químicas para la vid de todo el Marco.

Dos raíces en dos profundidades a la vez

Una cepa adulta en albariza no tiene una raíz que simplemente «baja mucho». Tiene, en la práctica, dos sistemas trabajando en paralelo:

  • Las raíces funcionales de absorción —las que están activas nutriendo a la planta día a día— se concentran mayoritariamente entre los 15 y los 75 cm de profundidad, la zona donde el suelo respira mejor y hay más actividad microbiana.
  • Por debajo, el subsolado o desfonde que se hace antes de plantar rompe la compactación y fuerza a otro grupo de raíces a bajar de los 80 a los 100 cm, en busca de la reserva de agua profunda que la esponja de diatomeas guarda del invierno.

Es una división del trabajo: una parte de la raíz vive del día a día cerca de la superficie, y otra parte asegura la supervivencia en la sequía del verano varios palmos más abajo. Con la edad, ese reparto cambia: el crecimiento activo de la raíz se ralentiza de forma notable a partir de los 40-45 años de la cepa, el punto en el que un viñedo pasa a gestionarse ya como viña vieja.

El precio de tanta caliza: la clorosis férrica

Un suelo con tanto carbonato cálcico tiene un peaje: el pH básico —por encima de 7— bloquea la disponibilidad de micronutrientes como el hierro, el manganeso, el boro y el zinc. Es la clorosis férrica: la hoja pierde clorofila entre los nervios y amarillea porque la planta, literalmente, no puede acceder al hierro que tiene alrededor.

La solución no es química de bodega, es genética de vivero: portainjertos derivados de Vitis berlandieri cruzada con rupestris o riparia —familias con tolerancia real a la caliza activa—, elegidos precisamente porque su sistema radicular sabe funcionar en un entorno que envenenaría a un pie no adaptado. Elegir mal el portainjerto en albariza no es un matiz técnico: es la causa más común de que una plantación joven no llegue a cuajar.

Un pariente lejano, no un gemelo

Se compara a menudo la albariza con la craie de Champagne o las margas del Jura, y el paralelismo es real —los tres son sedimentos marinos ricos en carbonato cálcico—, pero no son el mismo suelo. La disgregabilidad de la albariza es la diferencia mecánica que importa: al contrario que una roca caliza compacta o una arcilla margosa cerrada, su estructura suelta permite que el aire circule en profundidad y evita la asfixia radicular que sí puede darse en suelos calcáreos más compactos. Jerez comparte con Champagne el origen marino y el carbonato; no comparte la textura, y esa textura es la que finalmente decide cómo se planta, se poda y se riega —o no se riega— cada viñedo.


Fuentes: García del Barrio, La tierra del vino de Jerez (1972); Castrillón Astorga, C., «Caracterización de suelos de viñedo del marco de Jerez», Universidad de Cádiz (2023).

Si quieres el resto de lo que hay sobre este suelo en la casa —la lección del curso, el libro, todo— está reunido en Albariza: la tierra blanca que hace posible el Jerez.

Sigue leyendo

Artículos relacionados