Química del Vino · Parte 3 — El color y la textura

Lección 6

La lengua de lija

Los taninos y la astringencia: por qué no es un sabor sino una sensación táctil, de dónde salen tres fuentes distintas, y cómo se pulen con los años en barrica y en botella.

Una copa de vino tinto con una sensación de aspereza representada por una textura de lija sobre la superficie

En la lección anterior viste que el color de un tinto necesita un tanino al que agarrarse para no desvanecerse. Ahora toca el propio tanino: qué es exactamente esa sensación de sequedad que te deja un tinto joven en las encías, de dónde viene, y por qué el mismo compuesto puede sentirse áspero como una lija en un vino y sedoso como el terciopelo en otro.

La astringencia no es un sabor. Es lo que le pasa a tu propia saliva cuando se encuentra con un tanino.

Infografía: el tanino endógeno de la uva (hollejo, pepitas, raspón) frente al tanino exógeno de la madera, la reacción táctil de la astringencia, y cómo se pulen los taninos por polimerización en barrica y en botella.

Teoría al grano

No es un sabor, es una reacción

El amargor se saborea con la lengua, como el dulce o el ácido. La astringencia no: es una respuesta táctil, algo que le ocurre físicamente a tu boca. Tu saliva lleva una proteína, la mucina, cuyo trabajo es lubricarlo todo. Cuando bebes un vino con carga tánica, los taninos se unen a esa mucina y la hacen precipitar —dejan de estar disueltos y en condiciones de lubricar—. El resultado es esa sensación de sequedad y rugosidad en las encías y en el interior de las mejillas que notas al momento. No es un defecto: es, literalmente, tu propia saliva perdiendo su función durante unos segundos.

Tres fuentes, tres personalidades

No todos los taninos de un vino vienen del mismo sitio, y cada fuente aporta un carácter distinto:

  • Los del hollejo. Viven en la hipodermis, junto a los antocianos que ya conoces. Son los más finos y los más deseados: llegan maduros con relativa facilidad y se integran bien con el color.
  • Los de las pepitas. Si la semilla no ha madurado del todo y sigue verde, aporta un amargor y una aspereza mucho más agresivos. Por eso el objetivo del viticultor es que la pepita llegue lignificada —endurecida, de color marrón— antes de la vendimia.
  • Los del raspón. El esqueleto leñoso del racimo aporta notas herbáceas y una astringencia más rústica. Es la razón por la que la mayoría de las bodegas hacen el despalillado: separar el raspón antes de fermentar, precisamente para dejarlo fuera de esta ecuación.

El maridaje, explicado por la propia mucina

Ahora que sabes qué hace la astringencia, el maridaje clásico de un tinto potente con carne deja de ser una convención social y se convierte en química aplicada. La proteína de la carne le ofrece al tanino otro sitio adonde unirse que no es tu saliva: al «entretenerse» con la proteína del plato, el tanino deja en paz a la mucina, y la sequedad que notarías bebiendo ese mismo vino solo desaparece casi por completo. La grasa, además, vuelve a lubricar la boca por su cuenta. Es la misma razón por la que un buen queso curado suaviza tanto un tinto joven y tánico.

Puliendo el tanino en barrica

Un tanino recién extraído es una molécula pequeña y, en cierto sentido, «angulosa» —de ahí esa punta afilada que notas en un vino muy joven—. Con el paso del tiempo en barrica, una entrada mínima y constante de oxígeno a través de los poros de la madera —la micro-oxigenación— actúa de catalizador para que esas moléculas se vayan encadenando entre sí, formando cadenas cada vez más largas. Cuanto más larga la cadena, menos afilada se percibe: el tanino pierde esas aristas y gana redondez y volumen en boca. De paso, la propia madera cede sus taninos elágicos, que se suman a los de la uva y añaden otra capa de complejidad.

Puliendo el tanino en botella

Una vez en botella, sin apenas oxígeno, las cadenas de tanino no dejan de crecer: solo lo hacen mucho más despacio. Y llega un punto en que, a partir de cierto tamaño de cadena, la molécula se vuelve demasiado grande para seguir disuelta en el vino: precipita, y eso es exactamente lo que forma el sedimento o poso que ves en el fondo de una botella de tinto con años. Esa pérdida de tanino por precipitación es, en buena parte, lo que convierte un vino «duro» en uno «aterciopelado»: literalmente hay menos tanino suelto, y el que queda está en cadenas más largas y suaves.

La temperatura también decide

La misma copa de vino puede sentirse áspera o sedosa según a qué temperatura la sirvas. El frío acentúa la dureza y la sequedad del tanino; el calor —hasta cierto punto— la suaviza, aunque pasado ese punto es el alcohol el que empieza a notarse de más. Para un tinto con estructura, moverse en torno a los 16-18 °C suele ser el punto en el que el tanino se siente pulido sin que el alcohol se desboque.

El reto: siente la mucina en acción

No hace falta un tinto potente para notar este mecanismo: un té negro cargado hace exactamente el mismo efecto, y es mucho más barato de repetir.

  1. Deja una bolsita de té negro en infusión al menos cinco minutos, para que salga bien cargado de taninos.
  2. Bebe un sorbo y quédate un momento con la sensación: notarás la misma sequedad y aspereza en las encías que en un tinto joven muy tánico.
  3. Ahora bebe un sorbo de leche entera, o come un trozo de queso, justo después. La sequedad se suaviza casi al instante.

Eso que acabas de sentir es la proteína de la leche o del queso robándole el protagonismo a tu propia mucina —el mismo motivo, exactamente, por el que un filete o un queso curado hacen que un tinto tánico se beba mucho mejor.

Cierre

La astringencia no es un juicio de calidad: es una reacción química entre un tanino y una proteína, la tuya o la del plato que tengas delante. Un tanino verde, de pepita sin madurar, se siente agresivo porque sí lo es. Un tanino noble de hollejo, después de años puliéndose en barrica y en botella, acaba sintiéndose como terciopelo. Es la misma familia de moléculas contando dos historias completamente distintas según de dónde salió y cuánto tiempo ha tenido para pulirse.