Química del Vino · Parte 7 — Las burbujas

Lección 11

Atrapando el gas

El método tradicional: una segunda fermentación encerrada en la botella, y la autolisis que da pan y bollería tras meses sobre lías. Última parada del curso.

Botella de espumoso tumbada en una jaula de riddling, con finas burbujas suspendidas en el vidrio oscuro

Ya sabes de la lección 2 que fermentar produce gas. En un depósito abierto, ese gas simplemente se escapa al aire y se pierde. Pero ¿qué pasa si esa misma fermentación ocurre dentro de una botella ya cerrada, sin ningún sitio al que ir? Esa pregunta, y la respuesta que le dieron los monjes de Champagne hace más de trescientos años, es el método tradicional: la forma más lenta y más cara de hacer burbuja que existe.

La burbuja de un buen espumoso no se inyecta. Es el gas de una fermentación real que ocurrió, en secreto, dentro de esa misma botella.

Teoría al grano

Encerrar la fiesta

Se parte de un vino base ya fermentado y ya seco —sin gas, sin azúcar—. Muchas casas ni siquiera parten de un único vino: hacen un coupage, mezclando distintos lotes o incluso vinos de reserva de años anteriores, para mantener siempre el mismo estilo de la casa de una añada a otra. A ese vino base se le añade el licor de tiraje —una mezcla de azúcar (unos 35 gramos por litro) y levadura nueva— y se cierra la botella con un tapón provisional. Dentro, la levadura vuelve a hacer exactamente lo mismo que en la lección 2: comerse el azúcar y soltar alcohol y CO₂. La diferencia es que esta vez el gas no tiene escapatoria. En vez de subir y desaparecer, se queda ahí dentro, disolviéndose poco a poco en el propio vino bajo presión.

Esa botella pasa entonces meses en una cava a temperatura baja y constante —entre 10 y 15 °C—. El frío no es capricho: ralentiza la fermentación y deja que el gas se integre en el vino de forma mucho más fina y estable que si todo ocurriera deprisa y en caliente. Al final del proceso, la presión dentro de la botella ronda las 5-6 atmósferas: el doble, más o menos, de lo que lleva la rueda de un coche. Eso es lo que sale disparado en forma de burbuja fina en cuanto, meses o años después, alguien descorcha esa botella.

Meses conviviendo con los muertos: las lías

Cuando la segunda fermentación termina, las levaduras que la hicieron posible se mueren y caen al fondo de la botella —eso son las lías—. Y aquí, en vez de quitarlas enseguida, se hace justo lo contrario: se dejan ahí dentro, en contacto con el vino, durante meses o incluso años. A ese tiempo se le llama «crianza sobre lías».

Durante ese tiempo ocurre la autolisis: las células de levadura muertas se van rompiendo despacio y sueltan al vino su contenido interior —proteínas, aminoácidos, azúcares complejos—. Es el mismo principio que un guiso dejado a fuego lentísimo toda la noche, o el de una masa madre de panadería que lleva semanas viva: cuanto más tiempo se le da, más se descomponen sus propios ingredientes entre sí y más profundidad de sabor sueltan. Aquí, esa lenta descomposición es lo que le da al espumoso su aroma a pan recién horneado, a bollería, a frutos secos —un cava o un champagne con nueve meses de lías huele sobre todo a fruta; el mismo vino con treinta meses o más, huele ya a brioche—.

Sacar a los muertos sin perder la fiesta: el degüelle

Queda un problema práctico: ese poso de lías sigue dentro de la botella, y si la sirves tal cual sale turbia. La solución clásica es ingeniosa: se van girando e inclinando las botellas poco a poco durante semanas —a mano, en un pupitre, o hoy más habitualmente con una máquina, el girasol o giropalete— hasta que todo el poso queda concentrado justo en el cuello, contra el tapón, con la botella casi boca abajo. Entonces se congela esa punta metiendo el cuello en un baño a unos −27 °C, se abre la botella un instante —el hielo con el poso sale disparado por la propia presión interior— y se cierra ya con el tapón definitivo. Eso es el degüelle: la única forma de quitar el sedimento sin tener que trasegar el vino entero y perder toda la burbuja que tanto ha costado atrapar.

El último gesto: el licor de expedición

Tras el degüelle, la botella ha perdido un poco de vino junto con el hielo, y ese hueco se rellena con el licor de expedición: una mezcla de vino y, casi siempre, algo de azúcar. La cantidad exacta de azúcar en ese licor es lo que decide en qué punto de la escala de dulzor —la misma que ya viste en el módulo 2— acaba el espumoso:

CategoríaAzúcar residual aproximado
Brut Nature0-3 g/L
Extra Brut0-6 g/L
Bruthasta 12 g/L
Extra Seco12-17 g/L
Seco17-32 g/L
Dulcemás de 50 g/L

Es el mismo gesto, en miniatura, que ya conoces de los vinos dulces naturales: decidir cuánto azúcar se queda en el vino final, solo que aquí se hace al final del todo, en el último rellenado antes del tapón definitivo.

El reto: siente la presión que tú no vas a soltar

Antes de nada: nunca cierres del todo una fermentación de verdad en una botella de vidrio y la dejes horas. La presión que genera es exactamente la misma que hemos descrito arriba, y es real —por eso el corcho de un espumoso tiene esa forma de champiñón y va sujeto con un bozal de alambre, y el de un vino tranquilo no necesita nada de eso—. El vidrio de una botella de cava o champagne es mucho más grueso que el de una botella normal por esa razón exacta, no por estética.

Para sentir esa presión sin ningún riesgo:

  1. Repite el experimento del globo de la lección 2 (agua templada, azúcar, levadura de panadería, botella de plástico), pero esta vez, en cuanto notes que el globo empieza a inflarse, quítalo y cierra la botella con su propio tapón de rosca, apretado del todo.
  2. Espera 15-20 minutos, sin dejarlo más tiempo, y toca la botella por fuera.

Va a estar dura como una piedra, tensa de presión —eso que sientes con las manos es, a pequeñísima escala y con una botella de plástico que lo aguanta sin problema, la misma física por la que una botella de cava necesita vidrio grueso y un bozal de alambre para no reventar. Pasado ese rato, abre la botella despacio y con cuidado, apuntando lejos de la cara, para dejar salir el gas.

Cierre

La próxima vez que alguien brinde con un cava o un champagne, ya sabes lo que hay literalmente dentro de esa copa: el residuo de una fermentación de verdad que ocurrió encerrada, a oscuras, dentro de esa botella exacta, y el sabor de meses de levaduras muertas deshaciéndose despacio para dártelo. No es solo gas: es tiempo, atrapado a presión.