Estuve en el ingreso de Willy Pérez en la Real Academia de San Dionisio. Soy programador y un enamorado del Jerez, y salí de aquella sala con una idea dándome vueltas que no me deja en paz.
Willy es de los que miran hacia atrás. Hacia muy atrás. Bucea en mapas de pagos del siglo XVIII, en variedades que casi nadie recuerda, en cómo se hacía el vino antes de que la filoxera lo borrara casi todo. Y no lo hace por nostalgia: lo hace para entender —y rehacer— la viña de hoy. En su discurso reivindicó algo que se me quedó grabado: ampliar el marco intelectual de la enología. Que la ciencia del vino beba también de la historia, de la química, de las humanidades. En sus manos, mirar al pasado no es recordar: es trabajo, es método, es futuro para el Jerez.

Y yo me gano la vida en el extremo contrario del tiempo. Mi oficio es correr hacia delante: trabajo con inteligencia artificial, con cosas que hace dos años no existían y que dentro de dos serán viejas. Lo nuevo, lo que aún no está, el futuro que va más rápido de lo que uno puede digerir. Y desde esa esquina tan distinta, lo que dijo Willy me golpeó de una forma rara.
Me golpeó porque entendí algo de mi propio oficio escuchando hablar del suyo. Esa tecnología del futuro que manejo sirve, sobre todo, para volver a mirar atrás. La uso para leer documentos viejos, para ordenar memoria, para que no se pierda lo que se cuenta en los tabancos. La herramienta más moderna que tengo entre manos la acabo usando para lo mismo que Willy persigue con sus archivos: que no se pierda nada. El futuro, resulta, es un buen instrumento para cuidar el pasado.

Pienso en aquellos bodegueros del XIX —un Pedro Domecq— recorriendo sus viñas cepa a cepa, anotando a mano lo que veían, dibujando el Marco vara a vara. Y pienso en lo que hago yo: automatizar, medir, dejar que una máquina lea por mí. Doscientos años entre un gesto y otro y, en el fondo, la misma intención: entender esta tierra para cuidarla mejor.

Esa es la lección que me llevé. Que la herramienta da igual —un mapa de 1750, un cuaderno del XIX o un modelo de inteligencia artificial— si la pones al servicio de entender la tierra. Que «ampliar el marco» no es solo para quien cambia la historia del vino; también el que aprende puede ensanchar un poco el suyo.
Willy lo dijo mucho mejor que yo. Pero me llevo su frase y la guardo: ampliar el marco. Él con trescientos años de memoria y una viña que transforma; yo con una pantalla, una copa de fino al lado y las ganas de entender un poco más este Marco que me tiene enamorado.


