vinos

Publicado
Autor Bajo Velo
Etiquetas

El lenguaje de los vinos fortificados andaluces

Un recorrido sensorial por los estilos del sur: de la manzanilla en rama al oloroso de crianza puramente oxidativa, pasando por el amontillado.

Varias copitas de catavinos con vinos de Jerez de diferentes colores sobre una mesa de madera

Hay regiones vinícolas que se explican con una sola visita. Los vinos andaluces no son así. Requieren tiempo, contexto y, sobre todo, un recorrido ordenado que muestre cómo la misma uva, el mismo suelo y la misma bodega pueden producir vinos radicalmente distintos dependiendo de cómo envejezcan.

En una cata organizada por Cobalea recorrimos ese recorrido de extremo a extremo. Del frescor más vivo a la concentración más oscura.

El frescor de la crianza biológica

El punto de partida fue la manzanilla Gabriela y el fino de Montilla-Moriles María del Valle. Dos vinos que comparten el mismo principio: el envejecimiento bajo velo de flor, esa capa de levaduras vivas que actúa como escudo entre el vino y el oxígeno, preservando la frescura y la acidez y generando los aromas característicos de panadería, manzana y almendra.

El María del Valle tiene un detalle técnico que merece atención: se embotella en rama. Esto significa que sale de la bota directamente, sin pasar por clarificaciones ni filtrados. El resultado es visible en la copa —un color ligeramente menos transparente— y evidente en nariz: los aromas de levadura son más intensos, más rústicos, más vivos. Un fino en rama y uno filtrado pueden ser el mismo vino en dos estados distintos de expresión.

El peso del tiempo y el oxígeno

El Harvey Amontillado marcó el cambio de registro. El Amontillado es un vino que comienza su vida como un Fino —bajo velo de flor, protegido del oxígeno— pero que en algún momento pierde esa protección y envejece expuesto al aire. Es un vino de dos capas: la complejidad biológica acumulada en la primera fase y la oxidativa de la segunda.

En nariz aparecen las avellanas tostadas, la nuez seca, un fondo salino que recuerda al Fino del que viene. En boca tiene una sequedad que el tiempo ha suavizado, pero sin renunciar a la tensión.

El cierre fue el Lagar Blanco Oloroso. Un vino que nunca tuvo velo de flor: desde el primer momento envejeció en contacto con el oxígeno. El color es oscuro, ambarino profundo. La nariz es densa —madera noble, frutos secos, algo cercano al cuero viejo— y la boca tiene el peso y la estructura que solo dan las décadas de oxidación lenta en bota.

Pasar de la manzanilla al oloroso en el mismo recorrido es entender que en Jerez la materia prima es casi un pretexto. Lo que define al vino es lo que sucede después: cuánto tiempo, bajo qué condiciones y con cuánta paciencia.

Sigue leyendo

Artículos relacionados